| 16/09 Madrid - Managua. |
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| 17/09 Managua - León. |
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| 18/09 León - San Juan del Sur. |
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| 19/09 San Juan del Sur - Isla de Ometepe. |
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| 20/09 Isla de Ometepe. | |
| 21/09 Isla de Ometepe - El Castillo. |
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| 22/09 El Castillo - San Juan del Norte. |
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| 23/09 San Juan del Norte. | |
| 24/09 S. Juan del N. - Reserva Indio Maiz. |
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| 25/09 Reserva Indio Maiz. | |
| 26/09 Reserva Indio Maiz - S. Juan del N. |
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| 27/09 San Juan del Norte - Bluefields. |
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| 28/09 Bluefields - Corn Islands. |
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| 29/09 Corn Islands. | |
| 30/09 Corn Islands - Granada. |
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| 01/10 Granada. | |
| 02/10 - 03/10 Granada - Madrid. |
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Viaje a Nicaragua
Septiembre no es el mejor mes para visitar Centroamérica, donde el invierno trae lluvias, un ligero descenso de las temperaturas y la probabilidad de tormentas tropicales y huracanes. En Nicaragua no iba a ser menos y llovía ayer en su capital, Managua, cuando nuestro avión aterrizó entre charcos en la pista, que el piloto apuró al máximo. No es el clima lo que nos ha traído aquí a los cuatro elementos del grupo, sino la naturaleza virgen de volcanes, selvas y paradisíacas playas. Un país similar a Costa Rica pero menos conocido y explotado, Nicaragua es el segundo país más pobre de América, tras Haití, pero teóricamente uno de los más seguros. Terremotos, huracanes y una dictadura demasiado prolongada, sucedida por una guerra civil, han llevado el país hasta su situación actual. La idea de viajar hasta aquí surgió de unos amigos, Miguel y Esther, que se fijaron en éste como un destino turístico económico, con una gran variedad de ecosistemas que explorar, principalmente jungla, y fauna por avistar. Como había que contentar a todo el mundo, el viaje también incluiría visitas a ciudades coloniales, como León o Granada, y otros enclaves famosos por su localización estratégica o, por el contrario, remotas, como San Juan del Sur, Masaya, la isla de Ometepe, San Carlos o San Juan del Norte. Habría en el viaje volcanes e islas. Debía haber también fritangas, gallo pinto, maíz, yuca y café.
El Centro y la Costa del Pacífico
Viernes, 16 de septiembre. Managua • En definitiva, un viaje completo y variado, con varias etapas diferenciadas, que comenzaban en Barajas, en un vuelo de American Airlines con destino a Miami, una estancia en este aeropuerto americano donde todos hablan español , y un último salto hacia Managua, donde llegábamos ya anochecido y donde nos esperaba uno de los trabajadores del Hotel Las Mercedes, situado frente al aeropuerto internacional. Tocaba descansar de los largos procesos de seguridad a que nos sometieron los empleados de la compañía aérea en primer lugar y los agentes de inmigración americanos con posterioridad. En el país centroamericano no se preocuparon tanto por estas cuestiones de seguridad nacional. Tras un agotador viaje, estábamos en la cama antes de las nueve, casi un día después del inicio del viaje.
Sábado, 17 de septiembre. León • Partíamos de Managua después de las nueve de la mañana, tras haber madrugado para desayunar y acercarnos al Hotel Camino Real, donde debíamos recoger el 4x4 alquilado a la compañía Dollar, de la Casa Pellas, dueños de medio país, cerveceras incluidas, cuyas oficinas se encontraban en el hall del hotel, frente al cual una enorme jaula cobijaba a varios ruidosos guacamayos, que aleteaban sin cesar. La empleada de la empresa nos entretuvo una hora larga. Ya en ruta, deambulamos por la capital un buen rato, hasta que logramos encontrar la salida, con la ayuda de varios mapas inexactos y nuestras opiniones, la mayor parte del tiempo contrarias. Nada más abandonar Managua, comenzamos a ascender y descender suaves colinas rodeadas de una verde y exuberante vegetación, que en ocasiones se abría dejando ver el lago Xolotlán (o de Managua) a nuestra derecha, con el volcán Momotombito sobresaliendo sobre una pequeña isla. Bordeamos el lago hasta que llegamos hasta Nagarote, proclamada la población más limpia de Nicaragua durante los últimos tres años. Allí nos desviamos hacia el poblado de Viejo León y el volcán Momotombo, un volcán cónico casi perfecto que se erige en la orilla noroeste del lago Xolotlán, formando parte de la cordillera de los Maribios, a la que pertenecen otros volcanes como Cerro Negro, San Cristóbal y Telica.
Antes de llegar a este punto, ya habíamos hecho una primera incursión en caminos embarrados, para poner a prueba la tracción del 4x4, siguiendo una pista estrecha y encharcada hasta llegar a una pequeña comunidad en la orilla del lago. En el camino adelantamos a un par de vecinos, uno a caballo y el otro en bicicleta, que debieron preguntarse qué demonios nos había llevado hasta allí.
Tras comprobar que el recinto de restos arqueológicos de Viejo León estaban cerrados y los encargados almorzando, nos dirigimos hasta la falda del Momotombo. Poco antes de llegar a la central geotérmica nos topamos con una valla vigilada por dos agentes de seguridad, que nos informaron de que las visita al volcán requería de un permiso especial de los administradores de la central, pero no hubo ningún problema en arreglar una rápida visita parcial por una cantidad de dólares. Hasta bien avanzada la subida llegamos guiados por Alejandro, uno de los agentes, en el coche en primer lugar y caminando a partir de cierto punto hasta que tuvimos visibilidad de la cima del volcán, a tres horas escasas de camino. Desde allí se divisaba buena parte de las llanuras al sur y otros volcanes de la cordillera de los Maribios. Alejandro se apeó junto a su garita y reemprendimos la marcha hacia las ruinas de Viejo León. Mientras la tormenta de la tarde se ceñía sobre nosotros, Mario, nuestro guía en el recinto nos mostraba lo poco que queda de la primera ciudad de León, fundada en el siglo XVI y abandonada poco tiempo después. Caía un aguacero cuando los cinco, Mario entre nosotros haciendo raid, íbamos hacia León. Entre recomendaciones turísticas y gastronómicas le acompañamos hasta La Paz Centro, donde vivía, y más tarde hasta León, donde nos despedimos de él. Nos quedó claro que el guiso de vaho se prepara con la carne de la res, y no con las tripas, que el jugo de semilla de jícaro es dulce y que el tiste, los quesillos y el atol son típicos de la zona. Embutidos en nuestros chubasqueros buscamos y encontramos el Hotel San Juan, caminamos más tarde sobre los charcos hacia la Catedral y cenamos en El Sesteo hasta que, más pronto que tarde nos alcanzó la hora de dormir.
Domingo, 18 de septiembre. San Juan del Sur • En ayunas recorrimos las céntricas calles de León una mañana de domingo de oficios religiosos. Jornada de puertas abiertas en las iglesias y la Catedral de la ciudad. En esta última visitamos el mausoleo de Rubén Darío, guardado por un triste león de mármol. Vivos colores en las fachadas y curiosos letreros publicitarios en las paredes y, de vez en cuando, alguna que otra denuncia a un moroso. Del Hospital Universitario, algo decrépito, hasta el hotel, donde tomamos un desayuno ligero, y luego al mercado local más cercano, donde los turistas no abundaban. Ropa, objeto de toda clase, fruta variada, incluyendo rambután. En breve tomamos la carretera vieja a Managua, que atraviesa pueblos como Izapa, Tamarindo, El Guayabal o Santa Rita, y que presenta un deplorable estado de conservación. El paisaje es espectacular. Caballos y bueyes acosados por las grullas, buitres dando cuenta de los restos de una res.
Para buitre el que nos atacó en Managua, adonde llegamos de nuevo por equivocación de camino a San Juan del Sur, y de donde quisimos salir con la ayuda de una amabilísima agente de tránsito, de la que obtuvimos unas indicaciones de mierda y una mordida en toda regla. Que Dios la tenga en su Gloria, y pronto.
Abandonamos Managua con la intención de no volver y ascendimos a través del verdor hasta la meseta en la que se encuentra Jinotepe. La ciudad había sido visitada dos días atrás por la caravana ciclista de la Vuelta a Nicaragua, tal y como decía un cartel sobre el asfalto. Poco después, un nuevo intento de mordida por unos agentes de tránsito que se basaron en varios motivos peregrinos, truncado esta vez por la milagrosa aparición de una concentración política vigilada por una patrulla de la Policía Nacional, que tensó a nuestros queridos agentes de tráfico. Desde ese día, nuestra fe en las fuerzas del orden quedó reducida a purina. Con el cielo amenazando lluvia a lo lejos seguimos camino a San Juan del Sur, a través de Rivas. Llegamos a nuestro destino a las cuatro de la tarde. Dejamos las mochilas en el Hotel Royal Chateau y nos dirigimos a la playa. Caminamos por la oscura arena, algo contaminada, bañamos nuestros pies en el agua templada y espumosa del Pacífico. Contratamos una excursión nocturna a la Reserva Natural de la Flor, para avistar la improbable arribada de tortugas, e hicimos tiempo hasta las siete, comprando unas camisetas y cenando marisco en un restaurante frente a la playa. De vuelta al hotel para recoger todo cuanto necesitábamos para nuestra excursión nocturna, nos topamos con Xabier, un turista catalán con el que no hicimos buenas migas.
Noche cerrada, destellos de relámpagos de una tormenta lejana y un viaje de una hora en un camión muy peculiar. Al llegar a la reserva de La Flor nos dividimos en grupos y fuimos en busca de las tortugas paslama con unas discretas linternas de luz roja prestadas. La playa estaba literalmente invadida por los anfibios, que iban y venían del mar, buscaban arena blanda y depositaban sus huevos, en ocasiones sobre otro nido previo, y volvían atropelladamente hacia el agua. Todo un espectáculo poder contemplar el desove de un millar de tortugas. La vuelta a San Juan se hizo corta, pues pudimos dormir aún a pesar del brutal traqueteo y bamboleo del camión sobre el picado asfalto.
Los dominios de Chico Largo
Lunes, 19 de septiembre. Isla de Ometepe • Bajo un cielo despejado despedimos al otro inquilino del hotel, catalán él, y tomamos nuestro desayuno, frutas y tostadas, antes de ponernos en marcha. Debíamos estar en el puerto de San Jorge a las diez de la mañana, para tomar el ferry hacia Moyogalpa, puerto principal de la Isla de Ometepe. Llegamos por los pelos, bajo un aguacero persistente, con el tiempo justo para arreglar los papeles del embarque, esperar la llegada y atraque del ferry y embarcar definitivamente. Tras un viaje tranquilo, que disfrutamos sobre la cubierta del barco, azotada por un viento cálido bajo una cortina de fina lluvia, llegábamos a la isla, en cuyo perfil destacaban imponentes los volcanes Concepción y Maderas. Dejamos atrás el puerto y el pintoresco pueblo de Moyogalpa. Hacia el suroeste de la isla, por una carretera adoquinada, a través de cultivos y frutales asentados en tierra volcánica, hasta la reserva natural de Charco Verde. Llegamos a la hora del almuerzo, reservamos habitaciones con vistas al lago, cercanas a la laguna que da nombre a la finca, almorzamos y dimos un paseo por los alrededores. Esta pequeña reserva está habitada por monos aulladores y buena cantidad de insectos y aves. También hay vacas, y muchas; de ellas tuvimos que huir en cierto momento de la caminata. La tarde lucía espléndida y la puesta del sol nos sorprendió sentados sobre la quilla de un bote volcado a la orilla del lago Cocibolca. En cuestión de minutos la noche se nos echó encima, invitándonos a cenar y retirarnos a nuestros dormitorios.
Martes, 20 de septiembre. Isla de Ometepe • Habíamos contratado a Antonio, uno de los camareros del hotel, para que nos sirviese de guía todo el día. Nos esperaba a las siete y media de la mañana, en el comedor al aire libre del hotel, donde aún desayunábamos cuando ya eran las ocho. En la cocina, nuestros desayunos se demoraban tras la retahíla de platos destinados a la familia de nicaragüenses entrados en carnes de la mesa de al lado. Con un retraso de una hora partíamos hacia la ladera sur del volcán Maderas, al recinto de donde parte el sendero hacia la cascada de San Ramón. Una ruta ascendente de unos dos kilómetros en coche y otro más a pie, que nos llevó una hora. La recompensa lo mereció. De vuelta a la carretera y a la isla del volcán Concepción, con una parada previa para visitar los petroglifos, un conjunto de imágenes talladas en piedra por los indígenas, que representan diversos animales, actividades humanas y astros deificados. Antonio nos explicó acerca de los petroglifos y nos hablo del modo de vida en la isla, los estudios en el país, sus mitos y leyendas populares (el cadejo, la segua), la brujería, la historia del chamán Chico Largo, que vivió en Charco Verde, los recursos con que cuentan los isleños y el futuro que les deparará la construcción del aeropuerto. Tras un almuerzo en el hotel Villa Paraíso, dado que se echaba el tiempo encima, decidimos finalizar la jornada con una visita a Ojo de Agua, un lugar famoso por sus piscinas naturales, con propiedades curativas debido a los minerales aportados por los volcanes, y que también ofrece posibilidad de acampada. Desde este idílico lugar fuimos hacia el hotel siguiendo una de tantas rutas de evacuación de la isla. Nos despedimos de nuestro guía ya caída la noche y, casi a oscuras, nos acercamos a San José del Sur en busca de un Cyber, pero la luz truncó nuestros planes. Guiados por las estrellas y los destellos de las luciérnagas hacia el comedor. Nuestra última cena frente al Cocibolca. Eva incluso se atrevió con la sopa de la casa, aderezada con una mantis. Nuestro último mojito ometepino. Nuestra última noche de calor junto a la charca encantada.
Miércoles, 21 de septiembre. El Castillo • Por tierra, mar y aire desde la isla de Ometepe hasta El Castillo, en el río San Juan. En la oscuridad abandonábamos Charco Verde y nos dirigimos hasta el puerto de Moyogalpa, donde embarcamos hacia San Jorge sin contratiempos, a la hora prevista. Amanecía y el cielo se mostraba limpio, lo que hacía presagiar un día soleado y sin lluvias. De camino a Managua desde San Jorge atravesamos Masaya y nos desviamos poco después hacia Tipitapa, evitando así el paso por Jinotepe y la entrada por el suroeste de la capital, lo que nos hubiese obligado a atravesar toda la ciudad de camino al aeropuerto y a pasar por un mayor número de controles de tráfico, en teoría. Cerca de Masaya, tomamos un desayuno contundente en el pintoresco Restaurante Los Manolos y, en un auto-lavado cercano, limpiábamos el vehículo a fondo. Era mediodía cuando hacíamos entrega del auto y los propios empleados de la agencia nos llevaban hacia el aeropuerto. De paso nos instruían acerca de cómo actuar y cuánto pagar en el caso de ser mordidos por los impopulares agentes de tránsito.
El vuelo hasta San Carlos, en un Cessna en el que los pilotos estaban a la distancia de una colleja, transcurrió sin incidentes y el aterrizaje en la inclinada pista de tierra fue suave. Con las mochilas a la espalda, por las que no tuvimos necesidad de pagar sobrepeso como temíamos, caminamos bajo la solana hacia el puerto del malecón, una larga y estrecha calle curva repleta de negocios, tiendas de ropa y zapatos, pulperías y farmacias, donde nos hicimos con cuatro hamacas y un arsenal de repelente Off. San Carlos bullía de relativa actividad y la gente iba y venía del muelle de pasajeros cargada de bultos. En una de las pangas amarradas en el muelle, la última del día con destino a El Castillo, nos embarcábamos alrededor de las tres y media de la tarde. Entrábamos así en el histórico Río San Juan, cuya desembocadura en el lago Cocibolca se encuentra en San Carlos y que une dicho lago de agua dulce con el mar Caribe. Este río fue un importante enclave durante el apogeo del Imperio Español y mucho después, en los años posteriores a la declaración de Independencia. De aquella primera época datan varias fortalezas construidas en toda la longitud del río para combatir a los piratas. Más tarde, se pensó en este río como canal natural idóneo para unir por vía marítima los océanos Pacífico y Atlántico. Finalmente, gracias a la influencia de los Estados Unidos, el privilegio de construir el canal se lo llevó Panamá. Una de las fortalezas españolas, quizás la mejor conservada, se encuentra en El Castillo, adonde llegábamos al anochecer. Allí encontramos alojamiento, cena y mucha hospitalidad en el Hotel Victoria, regentado por Doña Nena, una costarricense que nos dio algunos consejos premonitorios.
Entre filibusteros
Jueves, 22 de septiembre. San Juan del Norte • Cielo soleado sobre EL Castillo y calor húmedo cuando aún no eran las siete de la mañana. Dimos un agradable paseo desde el hotel hacia el embarcadero y más allá. Desayunamos, saldamos la cuenta y fuimos de compras. Pertrechos para las caminatas dentro de la reserva Indio Maíz: botas de lluvia y algo más de repelente. Dejamos nuestros bultos en el Comercio del Viajero, una modesta tienda de comestibles, mientras visitábamos la fortaleza española, que domina la villa desde lo alto de un cerro. Desde ella vimos aproximarse desde San Carlos la panga que nos había de llevar hasta San Juan del Norte. Un cuarto de hora después, subíamos al bote y partíamos hacia el sureste. Un viaje sosegado, sobre aguas tranquilas, en un río con un ancho de entre 100 y 300 metros, flanqueado por una cortina de vegetación, que se extiende doscientos kilómetros hacia el mar. Un viaje de ocho horas, amenizado por las innumerables paradas a ambos lados, unas veces en los puestos de control del ejército nicaragüense, donde revisaron por enésima vez nuestros pasaportes, nos rociaron con un antifúngico y nos obligaron a vestir los antiestéticos y poco funcionales salvavidas, y otras, la mayoría, en la orilla costarricense para dejar pasajeros. Tras el último control, junto a una exclusa artificial, llegamos a San Juan del Norte. Eran las cuatro de la tarde, teníamos las mochilas a la espalda y deseábamos llegar a las cabinas de Edgar, el "rasta", con quien habíamos acordado nuestra estancia y una visita a la selva con los indios rama. No obstante, aún tuvimos que registrar nuestros nombres en un formulario del INTUR y aguantar pacientemente que el responsable del turismo local, un indio rama llamado Marlon, que chapurreaba un español bastante pastoso, nos recitase toda la oferta turística de la población. No se mostró especialmente animado cuando le comentamos nuestra intención de alojarnos en las cabinas de Edgar. También nos ofreció la barca de un amigo con la que poder ir a Bluefields por unos 500 dólares. La salida de San Juan comenzaba a pintar mal. El rasta no nos esperaba hasta el viernes y nos recibió con el mono de mecánico empantanado en el arreglo de los sistemas de luz y agua, que no funcionaron durante el tiempo que estuvimos allí. Charlamos con él hasta la noche y nos acompañó hasta el restaurante de si amigo Lolito, de camino al cuál iba saludando a todos los habitantes del pueblo, incluso a un par de militares a los que nuestro anfitrión suele vender cocos, supuestamente de los que se fuman.
Viernes, 23 de septiembre. San Juan del Norte • En San Juan del Norte no hay muchas cosas que ver. La ciudad quizás tuvo su encanto en otro siglo y con otro nombre, pero aquellos tiempos pasaron. Lo único que no cambia en San Juan es la omnipresente lluvia. Mientras Edgar ultimaba los preparativos para el viaje a la selva, Eva y yo nos acercamos al supuesto centro de la ciudad, donde está el centro de información turística, el muelle, el colegio en obras, el pabellón deportivo que hace las veces de colegio, y con cuyo responsable estuvimos hablando un instante, el cementerio municipal y el estadio de fútbol y béisbol. Esperamos a que la tormenta, que tiró dos bananos en nuestras cabinas de El Escondite, amainase en el porche de una tienda de alimentación. Pasamos el resto de la tarde frente a nuestra cabaña, estudiando inglés, hablando y discutiendo acerca de la planificación del viaje, que se complicaba por momentos. El barco de pasajeros que hacía la ruta regular San Juan - Bluefields estaba averiado y la pieza en camino, no había barcos pesqueros dispuestos a partir hacia el norte. Había una alternativa que implicaba pagar los 500 dólares por una panga privada. Cenamos en el restaurante Lolito, que volvió a improvisar el precio del cubierto, mientras hablábamos acerca de las posibilidades para los próximos días. Poco después volvíamos a El Escondite, a esperar diluvios nocturnos.
Sábado, 24 de septiembre. Reserva Indio Maíz • Vestidos con toda nuestra ropa impermeable seguimos a Edgar hasta la orilla del río, donde nos reunimos con su primo Adonis, que nos esperaba en su barca. Desde primera hora de la mañana remontamos el río Maíz, deteniéndonos en algunas ocasiones para estirar las piernas. Nos adentramos en varios caños, donde debimos abrirnos paso con cautela, a machetazos; en ellos pescamos varios peces para la cena. En una parada nos encontramos con varios mestizos, cazadores ilegales de chanchos salvajes, que venden la carne ahumada en mercados de San Juan. En los márgenes, la frondosa vegetación aloja multitud de aves y mariposas. Cedros, almendros, tecas y palmeras son algunos de los árboles presentes en las orillas. Muchos de ellos hunden sus raíces en el fango bañado por el río. Alrededor de las tres de la tarde llegábamos al asentamiento indio, una sucesión de cabañas de madera con techos de hojas secas entrelazadas. Nos instalamos en la cabaña de John, un joven indio casado con una cooperante americana. Montamos las hamacas y, mientras las probábamos a conciencia, Adonis y Edgar prepararon la cena. Después de una cena a base de pescado muy fresco, ensalada de tomate y yuca cocida, hablamos hasta la hora de dormir, que en la selva se adelantó a las ocho, en parte debido al cansancio acumulado, a la oscuridad reinante, al dulce vino ingerido y al tabaco que da risa de Edgar.
Domingo, 25 de septiembre. Reserva Indio Maíz • Lluvia desde el amanecer, una gris antesala a un día de barro y agua. Habíamos dormido muchas horas en nuestras recién estrenadas hamacas, un sueño ligero con muchas interrupciones, eso sí. Lluvias, relámpagos ocasionales, incursiones de animales en la cabaña, una sinfonía afónica de ronquidos. Subimos a la canoa con todos los pertrechos para el agua, acompañados de Edgar, Adonis y dos indios, John y el joven Oldemar. Aún bajo la lluvia atracamos una hora después. Una vez dentro del bosque, la densa vegetación nos resguardaba. Formamos una fila con John y Edgar en cabeza, Adonis y Oldemar en último lugar. A través de ciénagas, ramas de árboles, troncos y otros obstáculos fuimos escalando hasta la cima de una colina, flanqueada por unas extrañas formaciones rocosas de posible origen basáltico. Mariposas, insectos, aves, anfibios y mucha y densa vegetación, los cercanos rugidos de los monos aulladores, el canto de chicharras y, para hacernos abandonar este mágico ambiente, el ocasional zumbido de aviones. De vuelta a la aldea, iguanas y monos observaban desde las copas de los árboles nuestras piernas y botas embarradas. En nuestro lugar de descanso, nos aseamos y relajamos el resto de la tarde, hasta que la cena estuvo servida sobre el suelo de madera. Aquella noche, no hubo tema de conversación, tan sólo chistes y más chistes; de fondo, el sonido de la lluvia cayendo sobre la selva.
Lunes, 26 de septiembre. San Juan del Norte • El lunes regresamos de nuevo a San Juan del Norte. Así lo habíamos acordado con Edgar. Más bien, habíamos aceptado su sugerencia. John vino con nosotros. Bajo un cielo gris iniciamos la marcha. Al cabo de las horas llegamos a San Juan, calados hasta los huesos. Detuvimos la barca en la orilla frente a la vivienda de unos familiares de John, precisamente junto al panguero que nos debía llevar hasta Bluefields, que había recibido la pieza averiada y que estaba reparando su panga. Se vislumbraba una posibilidad de viajar a Bluefields la mañana siguiente. Poco después visitamos el antiguo asentamiento de San Juan, de la época en que la localidad era conocida como Greytown, donde en la actualidad se construye un aeropuerto internacional, junto a unos cementerios en cuyo mantenimiento trabaja Adonis. Poco más que una cena en el restaurante Lolito y unos tragos de ron Flor de Caña nos deparó aquella noche.
Martes, 27 de septiembre. Bluefields • Lo que sucedió en San Juan del Norte, dese las primeras horas de la madrugada hasta que nuestros pies pisaron el muelle de Bluefields bien podría ser el argumento de una tragicomedia ambientada en el Caribe. La cronología de los hechos es la siguiente:
- A las tres de la mañana Pedro, el gallo de Edgar, comienza a cantar despertando al personal. No volvió a callar en todo el día.
- Eran las siete, cuando despierto a Eva para recoger los bártulos, pues debíamos estar listos para partir hacia Bluefields a las nueve. Cuando ya habíamos empaquetado todo, vino Edgar con su libro de comentarios, para que plasmásemos en él nuestras impresiones mientras el llamaba a nuestro panguero. Éste le dijo que no partiríamos esa mañana, pues aún debía realizar unos ajustes en la Pangua, que le tendrían ocupado hasta mediodía, demasiado tarde ya para partir hacia Bluefields por culpa del hipotético mar revuelto. Tanto Edgar como Adonis, recién llegado a El Escondite, justificaban las palabras del barquero como la mejor opción y nos instaban a esperar al día siguiente. Nuestra insistencia en la búsqueda de alternativas chocó contra un muro: no había otra posibilidad que esperar.
- Desmoralizados y contrariados fuimos a desayunar al restaurante Tucán. A la hora de pagar la cuenta el camarero, al que no conocíamos de nada, nos preguntó acerca del viaje a la selva. Nuestra charla con Alfredo, que así se llamaba, derivó hacia nuestra improbable salida de la localidad. Por él nos enteramos de que cualquier panga, incluso la de nuestro panguero, no viajaría por menos de 500 dólares, lo mínimo para "cubrir" gastos. Deben usar oro como combustible. Como conclusión, nos anticipó que nuestro panguero no viajaría con nosotros como únicos pasajeros.
- Nos pusimos a buscar a los otros dos turistas en el pueblo, a los que habíamos visto subiendo a la isla el día anterior, en compañía de Marlon, para acordar con ellos la salida de San Juan. No los encontramos en el Hotel Familiar, ni en el Hotelito Evo. No buscamos en el hospedaje Anderson ni en el Hotel Paraíso Virgen, cerrados en aquellos momentos. Extrañamente, nadie sabía nada de ellos.
- En el muelle nos dijeron que nuestro panguero estaba en el río, aún haciendo pruebas. A un centenar de metros, un pescador despistado se ofreció a llevarnos a Bluefields... el sábado siguiente. En el centro de información turística no encontramos a nadie.
- Una hora y dos toñas después se iniciaba la búsqueda, nos dividimos. Esther y Miguel fueron a comprar agua con que hidratarnos del sofocante calor, mientras que nosotros preguntábamos por los turistas perdidos en las cabinas Monkies. Allí tampoco se encontraban alojados, pero conseguimos hablar con el panguero que los había traído desde San Carlos el domingo, y con su tía, que tampoco sabía dónde estaban. Cuando ya habíamos desistido de buscar a los turistas, un nieto de la tía del panguero, a instancias de ésta, nos dijo que dos turistas habían partido esa misma mañana hacia Bluefields.
- Nos dirigimos nuevamente al muelle, donde averiguamos el precio y horario del bote hacia San
Carlos: jueves a las 7 de la mañana. Sentados junto a la oficina de turismo esperamos la
llegada del ferry procedente de San Carlos, a las doce y media, sin turistas a bordo. Mientras tanto,
Esther y Miguel hablaron con nuestro barquero, que se mostró contrario a viajar con sólo
cuatro pasajeros sin ajustar el precio, pero no hablaba de cifras.
En todo este tiempo, no teníamos acceso a Internet. En la biblioteca nos dijeron que el ordenador estaba averiado y nos mandaron hacia la alcaldía, donde nos dijeron que los administradores estarían ausentes todo el día. - Decidimos hablar con Edgar acerca de los costes definitivos del hotel y el viaje a Bluefields, pero antes de llegar sus cabinas, giramos en redondo y fuimos a hablar con Alfredo, el propietario del restaurante Tucán. En un tiempo record acordamos con él, o más bien aceptamos su única oferta, por la cuál él y su hermano Juan Carlos, allí presentes, nos llevarían a Bluefields esa misma tarde. Pasaba una hora del mediodía.
- Corrimos hacia el hotel, a lo largo de la calle principal, recogimos la ropa tendida, empaquetamos la mochila y nos despedimos del rasta con la mejor y más falsa de nuestras sonrisas, que nos esperaba junto a las cabinas, probablemente alertado ya de nuestra decisión.
- A falta de media hora para las dos, estábamos dentro de la panga de los hermanos Chamorro, pasando varios controles militares. Poco después, navegábamos hacia mar abierto.
El viaje nos llevó tres horas desde el puerto de San Juan hasta El Bluff, puerto marítimo a la entrada de la bahía de Bluefields. Con dos desconocidos en una panga vetusta con un sospechoso motor fuera borda, seis litros de agua potable, en mar abierto, el motor se detuvo dos veces, pero todo quedó en un gracioso chascarrillo de los Chamorro. Mar en calma, aves marinas y un solitario delfín, e islas de escarpados arrecifes, donde las palmeras se adhieren casi paralelas a la roca en una lucha por la supervivencia. Nos hicimos pronto al viaje en la barca, que parecía volar por momentos sobre el escaso oleaje, presente desde el instante en que abandonamos las turbias aguas del río San Juan para entrar en el Caribe.
Una vez en El Bluff, tuvimos que pasar un nuevo control. Esta vez, además de nuestros pasaportes, nuestro equipaje fue sujeto de revisión, en aquellos momentos un amasijo de ropa húmeda y maloliente.
Finalmente, alrededor de las cinco de la tarde llegábamos al embarcadero de Bluefields, bajo la atenta mirada de varios cazadores de turistas. Aún llevábamos puestos los chalecos salvavidas cuando ya uno de ellos nos tendía una garra y nos daba la bienvenida en un inglés peculiar. Nos mantuvimos alejados de su oscuro rostro y sus ojos amarillos, tanto que nos pidió que no le tuviésemos miedo. Miedo no era lo que en mí provocaba. Tomamos un taxi hasta el Mino Hotel, que resultó estar a dos manzanas, tras saldar nuestra deuda con los Chamorro, bajo la atenta mirada de los tiburones blufileños que no le quitaban ojo a nuestras pertenencias, y regalarles una fría despedida.
Ya en el hotel conocimos lo acaecido en San Juan desde otra perspectiva. Eva había viajado en un asiento junto a los Chamorro. Tuvo la ocasión de escuchar una conversación en la que uno de los hermanos le contaba al otro cómo había conseguido este viaje. Desde que se supo que cuatro turistas españoles viajarían al pueblo y desde allí hasta Bluefields, y esto ocurrió la primera vez que contactamos con Edgar por teléfono meses atrás, pusieron precio a nuestros billetes de salida: 1000 dólares el grupo. Tras nuestra llegada, y en base a las conversaciones que mantuvimos con Edgar, rebajaron sus pretensiones. Nuestro amigo Edgar se encargó de fijar el precio del pescado fresco entre los pangueros de la lonja. Y mientras esperábamos nuestra oportunidad para salir, él hacía caja por cada día que pasábamos en su cuchitril. Las elucubraciones, dudas e incógnitas son muchas, ¿hubiésemos viajado el miércoles en la recién arreglada panga de nuestro panguero oficial o se hubiesen inventado otra excusa? De haber permanecido hasta el jueves en el pueblo, ¿hubiesen impedido nuestra marcha hacia San Carlos alegando cualquier pretexto? ¿Qué fue de los dos turistas desaparecidos, estaban en Bluefields o en la reserva? Todo el pueblo parecía estar al tanto, pues muchos viven de ello; se asomaban a la ventana cuando hablábamos en la calle; comían y bebían en silencio cuando lo hacían en nuestra presencia; éramos el objeto de sus miradas. ¿Demasiado paranoicos?
En el comedor de nuestro restaurante de Bluefields, lejos de San Juan, nos tomábamos varias rondas de toñas.
Perros, palmeras y playa
Miércoles, 28 de septiembre. Corn Islands • Abandonamos Bluefields sin llegar a conocer la ciudad, de la que sólo vimos el muelle, nuestro hotel, un cyber y el aeropuerto, al que llegamos a las seis de la mañana, hora a la que abría la oficina de La Costeña, con tiempo para comprar los billetes, pasar un par de controles de seguridad en los que nos requisaron unos peligrosísimos mecheros, enseñar los pasaportes otras tantas veces y subirnos a un avión, en el que éramos los únicos pasajeros. Veinte minutos después nos subíamos al taxi que nos esperaba en la puerta, y que nos llevó al Paraíso Club, un hotel regentado por extranjeros, con buenas instalaciones, situado en primera línea de una hermosa playa de palmeras, arenas blancas y aguas claras. Pasamos todo el día en la playa, disfrutando de las hamacas bajo la sombra de unos cocoteros, empapándonos de la cálida y salada agua del Caribe y meciéndolos al ritmo de las olas que acariciaban la quilla de modestas barcas de pescadores.
Jueves, 29 de septiembre. Corn Islands • Madrugué y me fui a la playa con la cámara para tomar algunas fotos con la luz del sol naciente. Caminé hacia el suroeste, a la izquierda del hotel, siguiendo la playa hasta que llegué a La Princesa de la Isla, un complejo turístico. Cuando ya había caminado unos diez metros de playa frente al recinto, unos perros comenzaron a ladrar y a correr hacia mí. Giré en redondo y eché a correr tras mis pasos escorándome hacia el agua, con tan mala fortuna de que en un giro forzado se me contracturaron varios músculos en la espalda, sentí un crujido en la vértebra y me desequilibré, cayendo de espaldas sobre unas rocas. Entre gritos y jadeos, con un agónico inspirar que no aportaba aire a mis pulmones, conseguí salir del recinto bajo la curiosa mira mirada de unos chicos que habían salido de las casas cercanas. El dolor de espalda, que remitió en días sucesivos, y las molestias y problemas de salud que arrastrábamos desde hacía días nos hicieron desistir de visitar la pequeña Corn Island y permanecer en el hotel, nadar en la playa, hacer algo de snorkelling y descansar, en definitivas cuentas. No obstante, incluso sentados en unas hamacas dentro del recinto privado del hotel, tuvimos la inesperada visita de un chaval que, haciéndose pasar por un colaborador de la policía, nos pidió una pequeña aportación, bajo la atenta mirada del jardinero del hotel, armado con un machete pero poco dispuesto a intervenir, al menos en apariencia. Por lo demás, el día transcurrió apaciblemente.
Un final volcánico
Viernes, 30 de septiembre. Granada • Apacible último día en la región atlántica. Los cielos parcialmente nublados nos quitaron las ganas de meternos en el agua pero no nos impidieron recibir unos reparadores masajes. Ese día volábamos hacia Managua. Lo hicimos en un avión de reemplazo, pues el avión principal que cubre la línea, adquirido recientemente, se había averiado. De fabricante francés y con capacidad para medio centenar de viajeros, es el aeroplano más moderno de la flota de La Costeña. Este cambio supuso un retraso en el vuelo de dos horas. Antes de aterrizar en la capital, nuestro pequeño avión pasó a escasos metros de una tormenta, cuyos rayos iluminaban el cielo muy cerca de nuestro costado derecho. Un taxi que nos llevó hasta Granada. Llovía con fuerza en la zona desde hacía días. La salida de Managua, caótica hasta que superamos la zona franca de Las Mercedes, de donde salían a esa hora miles de trabajadores. El resto del camino hasta Granada, una continua procesión de coches que, de forma indiscriminada, aplicaban las luces largas. Lo poco que vimos de la ciudad mientras buscábamos el Hotel La Pérgola nos animó a quedarnos dos noches, en detrimento de Masaya.
Sábado, 1 de octubre. Granada • En una visita que tuvo lugar hace dos décadas, Su Majestad Juan Carlos I pidió a los granadinos que conservasen su ciudad tal y como él la conoció. A pesar de haber sido asolada por los filibusteros de William Walker y de estar situada en una región sacudida por terremotos y en las faldas de los volcanes Mombacho y Masaya, la ciudad aún conserva buena parte de sus edificios coloniales, lo cual le confiere una identidad propia y la convierte en la ciudad más bella y mejor preservada de Nicaragua. En consecuencia, es también la más visitada por los turistas. La iglesia de la Merced, el convento de San Francisco, la antigua estación de ferrocarril, el parque y la iglesia de Xalteva, la Catedral frente al parque Central y algunos de los más hermosos hoteles de la ciudad son sus lugares más representativos. Es agradable deambular por las tranquilas calles, adentrarse en el mercado local, perderse en la ciudad más segura del país. Dedicamos toda la mañana del soleado y caluroso sábado a visitar la ciudad. Los charcos en las calles confirmaban las fuertes lluvias que habíamos escuchado por la noche. No habíamos usado repelente, de modo que los zancudos se habían ensañado con nosotros. Ni siquiera se asustaban con nuestra persistente tos, la de un constipado que iba a más. Después de mediodía viajamos a Masaya, para visitar los dos mercados de la localidad, famosos por su artesanía. Uno de ellos, dentro de una antigua fortaleza, orientado a turistas, con estantes muy ordenados y precios exclusivos. El otro, conocido como el mercado viejo, un entramado de callejuelas, puestos y tenderetes frecuentado tanto por turistas como por nicaragüenses. Hasta Masaya nos llevó un taxista de nombre Santiago, con el que apalabramos el traslado desde el hotel hasta el aeropuerto para el día siguiente. Desde el mercado de artesanía fuimos los cuatro hasta la entrada del Parque Nacional Volcán Masaya, donde habíamos contratadp un tour nocturno guiado, que comenzó con los últimos rayos de sol y finalizó alrededor de las siete y media. Pudimos ver los diferentes cráteres que conforman el volcán, su enorme caldera (abarca 53 hectáreas) y algunas grutas abiertas por la lava y habitadas por decenas de miles de murciélagos. No pudimos, sin embargo, ver el magma en el fondo del cráter Santiago, debido a la gran cantidad de humo que de él emanaba.
En el tour conocimos a dos cooperantes catalanes, Fernando y Laura, que habían visitado previamente Guatemala y El Salvador. Juntos pactamos con el guía de otro de los grupos en el volcán, nuestro traslado a Granada, pero este personaje nos dejó tirados en la puerta del Parque Nacional. Así que nos subimos a un autobús, que nos cobró el doble que al resto de pasajeros, a pesar de nuestras quejas y las protestas de una señora que dijo que había que cuidar a los turistas y que se llevó por ello una advertencia del imberbe y maleducado boletero, dueño y señor del autobús: o se callaba o pagaba nuestros billetes. Una nueva muestra de la hospitalidad a que nos habíamos acostumbrado. Nos despedimos de Fernando y Laura y caminamos juntos, los dos, hacia el hotel, tal y como finalizamos la velada, con una romántica cena en el Mediterráneo, un elegante restaurante de comida española, con un gazpacho soberbio. Buen colofón a un buen viaje.
Domingo, 2 de octubre. De camino a Madrid • Llegamos al aeropuerto a media mañana, en dos taxis separados. Hicimos hueco en el equipaje de mano donde guardar las compras de último momento y embarcamos con destino a Madrid. El mismo recorrido de vuelta. Escala en Miami, control tras control, llegada a Madrid al mediodía, donde no tuvimos la ocasión de despedirnos de nadie, y recorrido turístico por nuestras respectivas casas. Rondaban las tres cuando pudimos sentarnos, por fin, frente a unos platos que pedían a gritos un pedazo de tortilla de patatas. Hablamos largo y tendido del viaje, de sus vicisitudes, de lo que quizás sobredimensionamos y lo que no logramos comprender. Al final, los malos momentos se convierten en meras anécdotas, mientras que los buenos, todos aquellos que pasamos juntos, prevalecen.